martes, 16 de mayo de 2017

La universidad tildada de enemiga

Eleazar Narváez


También en las relaciones con las universidades, sobre todo con las autónomas, el Gobierno insiste en una práctica bastante cuestionada que ha producido grandes estragos en la vida del país. Ese modo de proceder consiste en declarar como enemigos y tratar implacablemente como tales a quienes sólo disienten de las ideas y acciones del régimen. Personas e instituciones que no comulgan con éste, o con más precisión, con el Presidente y su proyecto político, son colocadas en el disparadero y condenadas a sufrir de todas las maneras inimaginables las más inclementes retaliaciones.

Ese brutal ejercicio del poder, potenciado con el secuestro del Estado por parte del Gobierno y del Presidente, desgraciadamente no ha estado dirigido en lo fundamental a gobernar de verdad, en tanto que su atención prioritaria no se ha centrado en realidad en el propósito de lograr un mayor bienestar para toda la población mediante el desarrollo de políticas públicas de interés general. Más bien, el mismo se ha enfocado en la obstinada tarea de golpear insistentemente  para ablandar, intimidar y humillar de distintas maneras a todos aquellos que no han sido considerados merecedores de la gracia presidencial.

Si en definitiva lo que más le interesa en el fondo al Gobierno es mantener y fortalecer su poder a como dé lugar, con un ejercicio perverso de éste y sin mayores preocupaciones por la gobernabilidad democrática del país, es de suponerse que nuestras instituciones que se precian de llevar con dignidad el nombre de universidad son más que una piedrita en el zapato para el régimen. Sin exagerar, puede decirse que, como centros de cultivo y difusión del saber, como espacios plurales consustanciados con el diálogo, la tolerancia y el respeto, y como baluartes en la lucha por la democracia y la libertad, esas instituciones, así concebidas, son consideradas por el Gobierno como peligrosas enemigas a las que urgentemente hay que doblegar y transformar para subordinarlas al desiderátum de ese adefesio llamado socialismo del siglo XXI.

Esa universidad, convertida en enemiga por el propio Gobierno, está retratada en esa institución que ahora padece graves limitaciones presupuestarias impuestas por el Ejecutivo, las cuales ponen en jaque tanto la calidad de sus actividades de docencia e investigación como el desarrollo de importantes proyectos institucionales; con un personal que cada vez más se descapitaliza académicamente y no se le incentiva ni respeta; con unos estudiantes muchas veces agredidos, discriminados y descalificados por el solo hecho de hacer vida en una universidad autónoma o en cualquiera otra donde el espíritu universitario se resiste a sucumbir ante una u otra arbitraria orden oficial; y con tantos otros signos de deterioro en la dotación de sus diversos servicios, en sus instalaciones, por ejemplo, que en la mayoría de los casos se deben a una gran indolencia gubernamental.
Asimismo, se tilda de enemiga a esa universidad cuando cumple con su irrenunciable papel de conciencia crítica y de faro orientador de la sociedad; a la misma que, en honor a su carácter de ámbito plural donde conviven y dialogan múltiples corrientes del pensamiento, rechaza de manera firme y con coraje las tantas presiones oficiales que buscan someterla para fortalecer las conocidas pretensiones de implantar el pensamiento único en el marco de un proyecto político que, además de violentar la Constitución vigente, evidencia en estos momentos un rotundo fracaso en nuestra sociedad.

Esa universidad, que es acosada y tratada como enemiga por las huestes gubernamentales, es igualmente la que ha sido vapuleada con diversos ataques terroristas recientemente, sin que el Gobierno hasta el presente haya movido un solo dedo para ponerle coto a éstos.

Esa es la universidad que el Gobierno ha optado por colocar en el disparadero, la universidad autónoma, la cual nunca dejaremos de defender.

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