miércoles, 12 de junio de 2013

Universidad y autonomía. Desafíos para la Universidad Veracruzana

Cuauhtémoc Jiménez Moyo


La seducción de la heteronomía

Elegir autonomía requiere valor. Contrario a lo que dicta el sentido común, elegir  autonomía es mucho más difícil de lo que parece: la heteronomía tiene un complejo poder  de seducción que interpela las carencias más íntimas y los miedos humanos más profundos. Si se tratara de un asunto simple, todos los sujetos y, por analogía, las agrupaciones afines por cuestiones identitarias (instituciones, culturas y naciones) tenderían lógicamente y sin problemas a elegir autonomía. Pero esto no es así. Y no es así porque, aunque nos cueste reconocerlo, es más sencillo ceder a otros la responsabilidad de tomar decisiones trascendentes que tomarlas por uno mismo. 

Helena, la hermosa mujer griega, causa de la devastación de la ciudad gobernada por Priamo, narraba tiempo después de la caída de Troya, a Ulises y a otros más, el motivo de sus decisiones: la intromisión de los dioses. El hecho que inició la muerte del príncipe Hector y la desaparición de Troya fue promovida por los ambivalentes dioses. Helena no huyó con Paris porque así lo hubiera decidido, sino porque se encontraba bajo el influjo de algún Dios. Si uno lee las narraciones homéricas, se podrá constatar con un asombro relativista, que en esa época histórica la noción moderna de autonomía no existía, pues las decisiones humanas se les atribuían a los Dioses. La edad media, por otra parte, no fue una época que se distanciara demasiado de la realidad descrita en la Iliada y la Odisea, pues según las interpretaciones que nos heredaron los modernos (Descartes o Kant, por ejemplo), en la edad media tanto el ordenamiento social como la producción intelectual y el destino personal se explicaban por la voluntad y sabiduría divinas. La noción de dignidad, y con ella las de libertad y autonomía, se abren camino en el renacimiento y posteriormente cobran importancia masiva en la ilustración. No sin cierta tristeza, la historia nos ayuda a descubrir que nuestros valores predilectos no son propiedades ontológicas del ser humano sino construcciones culturales de occidente.

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