martes, 14 de julio de 2015

El discurso del rector

Luis Porter
LAISUM, México, 12/07/2015

Una de mis líneas de curiosidad complementarias a la investigación educativa, a la que me dedico todos los días, ha sido la de coleccionar discursos de rectores, mismos que completo, cuando tengo la oportunidad de conocer sus oficinas, observando, y de ser posible documentando, todo lo que concierne al diseño y arquitectura de las mismas (no en vano soy arquitecto). Lo que he encontrado es que los discursos, en términos generales, tienden a ser informes, mas que discursos. Predomina lo pragmático, lo hecho o por hacer, que el sentido e intenciones buscadas. Al mismo tiempo he constatado que la ubicación, tamaño, disposición, diseño y mobiliario de la oficina que los alberga y representa, está más relacionado con cuestiones de estatus que con un sitio de trabajo para el gobierno. De hecho, lejos están de parecerse al puente de un capitán o al despacho de un intelectual, mas bien, como decía Matus, la parafernalia existente expresa que “no saben que no saben”. La metamorfosis que sufre el académico dedicado a la política que por fin asume un papel de autoridad, sin que importe la jerarquía, debe o debería ser un tema importante tema de estudio en el campo del psicoanálisis.

Muchos universitarios, incluso investigadores, científicos o promesas intelectuales, asumida la posición de tomadores de decisiones, parecieran desconectarse de su curriculum vitae, hacer a un lado los libros de su campo de estudios, para convertirse en el extremo defensor del estatus quo, que después de todo, para y por eso ha trabajado y ha sido elegido. Es común que sean escogidos aquellos candidatos que destacan por su neutralidad, carácter negociador, respeto a lo establecido e incapacidad de hacer olas. El famoso espíritu crítico que solíamos promover en los jóvenes estudiantes, se ha ido convirtiendo en el entrenamiento en competencias, que lo haga funcional al sistema. Sin embargo, no siempre ocurre lo que brevemente intenté resumir en esta introducción. No todos los rectores se suben al podio, nos dignan con su presencia, dicen sus previsibles palabras (generalmente ilustradas con alguna abstracción estadística), dan solemnemente por iniciado el acto, y en el corto intervalo previo a la conferencia del primer invitado, se van. Hay algunos que, sorprendentemente, no lo hacen, Cuando eso ocurre, para un coleccionista de discursos, resulta una gema rara, que vale la pena mencionar y de ser posible también analizar, si consideramos que la salvación de la universidad no depende de las generaciones futuras, sino de esos individuos, que el día de hoy traspasaron el camino político, sin perder sus virtudes y capacidades académicas.

Para conocer a un buen rector, no se necesitan evaluaciones ni persecuciones por sus itinerarios curriculares. No importa su origen profesional, sino su evolución intelectual. “Por sus obras los conoceréis”, dice el precepto bíblico, y podríamos agregar que también por “la forma en que están dichas sus palabras” sabrás quiénes son, pues no hay mejor representación de una persona que lo que nos viene a decir. ¿Qué caracteriza a un buen discurso en estos tiempos? Pensemos que el ceremonial de las reuniones académicas de otrora, incluía necesariamente un maestro de ceremonias, la jura de la bandera, la estricta y minuciosa enumeración, por parte de todos los que hablaban desde el atril como introducción del acto, de todas y cada una de las autoridades presentes, incluyendo el presidente municipal o el obligado dirigente sindical. A toda esta desproporcionada portada, se agregaba la políticamente incorrecta presencia de guapas edecanes, detalle que a estas alturas del feminismo, debería ser cosa del mas superado pasado. Las herencias virreinales de los actos públicos, se han ido transformando a partir de los multitudinarios conciertos de rock, juegos olímpicos o despegues astronáuticos. Mas aún a partir de las incansables y repetidas marchas comunitarias, manifestaciones sociales y procesiones populares. Vivimos en tiempos de dispositivos móviles y de comunicación instantánea. Los padres campesinos, de estudiantes de la sierra, han aprendido a expresarse con claridad sosteniendo entrevistas con periodistas y líderes de opinión de todo tipo. Lo coloquial es el medio de comunicación establecido por encima de toda formalidad, la narrativa es el estilo literario que ha sucedido al vetusto ensayo, la libertad se ha abierto paso por entre los convencionalismos decimonónicos, que sin embargo insisten en aparecer contra todo lo que Oscar Wilde hubiera podido vaticinar. ¿Instalarse frente al atril para leer un discurso? ¿Desplegar ese imprevisible número de páginas escritas por el asesor en turno ante el silencioso pánico del público? ¿Utilizar el Power Point para que jugar carreras con el auditorio?… estas formas van siendo sustituidas o deberían serlo, por otras maneras de encontrarnos y dialogar. Hoy se trata de subir al estrado, porque eso si, todavía hay niveles en la sala de conferencias, y el estrado es el estrado, para desde allí, sitio visible, hacer que nuestras palabras vayan envolviendo al público, en ritmos e intercambios, que tejan una red de conversaciones. El discurso convertido en charla, se dice de otra manera que la palabra escrita no logra. Es un hilo conductor que sin dejar de ser monólogo, recibe contestación desde las miradas, los gestos y las actitudes de los presentes. Es un instante de comunión, cuando el rector se pone a hablar se esa manera, como quien cuenta un cuento, una historia, poniéndose en movimiento en su cancha, igual que lo hace cualquier jugador, mostrando su velocidad, su destreza, su capacidad de levantar la cabeza para saber en que dirección disparar el siguiente tiro. Esta labor de cambio de estilo, de ruptura de formas, en el caso cultural mexicano, es altamente complejo. Somos una sociedad ritual y retórica, conservadora. Pareciera que los sacudones dados por la violencia y la inseguridad crecientes, nos empujan a aferrarnos a lo que consideramos normal. Tampoco vivimos tiempos de renovación institucional, ni de libertad de gobierno. En el campo de la educación superior, no se está buscando la renovación de la universidad, de tal forma que la urgente duplicación de la oferta, no tenga que pasar por la construcción de un sinfín de edificios y aulas siguiendo el obsoleto modelo tradicional. Lo poco que se hace es reproducir campus, que repiten el modelo napoleónico, las reminiscencias boloñesas. 

La nueva universidad, acorde a lo que los tiempos piden, ya hoy existe y es totalmente diferente a la que conocemos. Es una universidad Uber, que encontramos en línea y que aplicada, simplificaría la vida de miles de estudiantes y profesores. Convivimos con una universidad pública que el gobierno quiere privatizar, frente a un inmenso tumulto de puntos luminosos, de líneas de comunicación y de contacto, que solo espera ser aceptado como el nuevo firmamento para toda la educación. Consideradas por la Secretaría de Hacienda, como un lastre poco productivo para el erario público, las universidades no son libres de transformarse y asumirse a la nueva bóveda celeste que por medio de la tecnología nos une al todo. Cambiar un programa de estudios aprobado por un consejo, irlo adaptando periódicamente, incorporar nuevas formas de trabajar y establecer contacto con los estudiantes,son movimientos subterráneos que ocurren al margen y a escondidas de los eslogan y las frases vacías que estructura las políticas mohosas de antigüedad en la que insiste el político analfabeto. La universidad sigue siendo vista como ese ser paquidérmico prácticamente inmóvil, a pesar de que sigue aportando lo que mueve vertiginosamente al mundo. Es así que cuando surge un discurso que entra por la puerta lateral a meter gol, driblando a la defensa de la burocracia, sin distraerse por la amenaza del referí y sus tarjetas, nos damos cuenta que la universidad pública, al igual que un equipo de fútbol, progresa cuando se mueve en conjunto, pero depende de esos líderes, que reúnen virtudes excepcionales (cracks), que pueden ser pilares del conocimiento, vanguardia de grupos internacionales, de visión interdisciplinaria, alcance interinstitucional, o simplemente figuras destacadas, capaz de absorber y reflejar el talento de muchos, y cuya voz representa mucho mas que su persona. Cuando aparece un rector o un director, o un jefe, maestro, tutor… de esta talla, se ganan el respeto y llaman la atención de los que no han perdido la esperanza en el hombre o la mujer mexicanos.

Por eso, y mas, en las circunstancias actuales, no importa el proyecto que traiga el rector, porque como él o ella ya lo saben, se verán restringidos por la multiplicidad de itinerarios, niveles y celdas que los superiores de sus superiores, aquellos ubicados fuera y lejos de la universidad, (SEP-Conacyt, etc.) le han ido imponiendo cada vez con mas descaro y prepotencia. Hablar de un proyecto de cambio radical, como hizo en su momento el rector Charles W. Eliot, en Harvard, (momento que duró 40 años) convirtiendo una pequeña escuela religiosa, (creada a partir de la donación de un benefactor, John Harvard, de sus 400 libros y todos sus ahorros, 779 libras), le será vedado, porque está obligado y por lo tanto aprisionado, por la atención que deberá poner a la multiplicidad de intereses y presiones de control, basada en el celo por el subsidio y la desconfianza hacia la institución, que se desbordan y confluyen en su amplio mundo urbano, que abarca desde teatros galerías, casas de la cultura, dormitorios, preparatorias, etc. hasta las alas que vuelan en sus vínculos con la empresa, los pos-doctorados, o la atención a comunidades necesitadas. El rector, en su charla, en su interés de comunicar, se verá obligado a tratar con corrección política, cuidado y respeto, todos aquellos rubros de los que depende el dinero del subsidio, y todos los otros que el auditorio ni siquiera imagina. Y si aun así, logra evadir el “informe”, es decir, despreocuparse por señalar los logros o la evolución natural o forzada de la institución con cifras y resultados, y continuar hablando de lo que nadie se atreve, por ejemplo, los conflictos inútiles y egolátricos de los grupos y grupillos, en que se fragmenta la comunidad, que cree mas en el odio al colega que en el amor a si mismo, (que bien podrían demostrar estudiando y superándose), nos estará dejando ver que su capacidad de indignación, de denuncia, de señalamiento o guía, no está por debajo de la preocupación y defensa de su propia imagen. El desafío mayor para el rector que se expone sobre el estrado, es lidiar con la ausencia de un plan real y hablar desde los planes normativos, generalmente hechos desde fuera, preocupado por las apariencias, y por tanto, proclives a estimular la simulación. El mayor defecto de las administraciones que cambian para que todo siga igual, es la falta de cultura de la planeación, la ausencia de continuidad, sistema y proyecto, que el gobierno central se ha ocupado de extirpar de las universidades, para sustituirlos con juegos de palabras tan estentóreas como vacías. Sortear esta desventaja es otra prueba del buen rector, que logra abrirse paso entre las fracturas e intersticios de la normativa vigente y sus constantes recortes, para encontrar la manera de hacer lo que su institución necesita, pues esa institución no se parece a ninguna otra, nace en una región tan concreta como única y requiere de respuestas nacidas desde dentro. Otra limitación a superar es la proliferación de autoridades venidas de las ciencias duras, con su dosis de arrogancia y su estrechez de visión, que todo lo ve como un problema de la física o de las matemáticas, es decir como problemas que tienen solución. Bien sabemos (algunos) que no hay soluciónn para situaciones que no son en sí problemas, sino coyunturas propias del devenir, que requieren respuesta, atención, cuidado, y no aplicación de fórmulas en busca de abstracciones indefinibles, como la ¨calidad”. Procesos de tomas de decisiones donde predomina lo técnico y lo cuantitativo, el despliegue de abstracciones y cuadros estadísticos, generalmente manipulados, tergiversados y tramposos. Un tipo de discurso que encandila al auditorio siguiendo criterios dichos con ese tono estricto y terminante, típico del hábil político local, donde se mezclan los “escenarios” posibles y deseables con fantasías en las que el actor que planea podría tener la capacidad de propiciar condiciones que permitan alcanzar ciertos objetos y metas, aunque al salir a la realidad, dejemos de ver tal superchería. Sin embargo esta forma de planeación ha sido muy práctica para publicar documentos que nadie consulta, (Poas, Pides, Pifis, Pat, Pdef, etc.) pues los usos prácticos de la misma son muy limitados y sólo en aquellos pocos casos donde el grupo o proyecto en cuestión posee condiciones de auto-control, dan resultado.

Es muy emotivo, en cambio, para los que hemos vivido en la universidad toda nuestra vida, ver al líder institucional en turno, dirigiéndose al público, con un vocabulario que no se quedó dentro de las fronteras de su campo de estudio y especialización, demostrando que su doctorado le ayudo a trascender su formación inicial, por ejemplo, la de un ingeniero químico, y desde esa plataforma base, construida con sus conocimientos específicos y especializados, haber ampliado su propio marco inicial, para incorporar en él, la filosofía, la antropología, las humanidades enteras, sin dejar fuera las artes o la poesía. Porque, valga la aclaración, tanto la química, como la matemáticas, tanto la astronomía como la física, tanto las neurociencias como la biotecnología, contienen poesía. Un rector, que en su conversación con la comunidad, logra zafarse de la visión macro, del gran panorama donde los detalles se pierden y todo se contiene en el paisaje general, para hablar de su día de trabajo, de aquellos aspectos micros, que hacen lo cotidiano, en donde cabe un caso específico, un tema de investigación y todo lo que surge del conjunto de proyectos, explícitos e implícitos, que mueven a la base, por encima de requisitos y de formatos a llenar, hasta llegar a la oficina donde se gobierna y desde allí al conjunto de centros y facultades que la conforma. Un rector que demuestra que sabe que planificar significa pensar antes de actuar, pensar con método, de manera sistemática, explicar posibilidades y analizar sus ventajas, proponerse objetivos, proyectarse hacia el futuro, porque lo que puede o no ocurrir mañana decide si mis acciones de hoy son eficaces o ineficaces. Un rector que sabe que la planificación es una herramienta para pensar y crear al futuro, y no para adivinarlo o hacer el papel de agorero lector de bolas de cristal.

No hay vuelta que darle. El que se sube a la palestra a dar un discurso, podrá ser simpático, tener habilidades discursivas, histriónicas o efectistas, pero eso engaña al principio y unos pocos, porque como bien dice la máxima, “a la larga, mostramos el cobre”. El discurso que comunica, es el que usa la palabra como una “herramienta de libertad” pues el rector que nos habla, gana libertad en la medida en que piensa y enumera las posibilidades futuras, el que por encima y por debajo de las imposiciones esgrimidas con la espada de la evaluación externa, logra que salga a la superficie su carácter democrático y libertario, propio del que tiene un plan propio, personal, de líder que logra volcar su experiencia universitaria, en una visión de futuro para su institución. Esta capacidad sólo es posible si este individuo posee un proyecto de vida y no tan solo un proyecto institucional o académico, pues gobernar encierra a la persona entera, es una cuestión de personalidad y carácter, de un ser que siendo, no se deja llevar por las circunstancias, y que a pesar de haber transitado por el pantanoso terreno de la política, no ha perdido la brújula del navegante que conoce las corrientes adversas, sus mareas y remolinos, siempre con el sextante puesto en esas estrellas que avizoran un futuro mejor para todos.

¿Qué otro indicador hace que un discurso de la autoridad sea admirable? El de la atención que se ponga a todos los actores del proceso social dentro de una planificación de la acción humana que contempla todas las dimensiones de la realidad, siempre sabiendo integrar el mundo de la política con el de la técnica, el mundo de los intereses con el del conjunto de profesores y alumnos que se verán afectados por ellas. Asumimos tres tipos de profesores y de alumnos, en relación a su interés por la institución que es decir, por su carrera: 1) el que trae un compromiso estándar, el que está en la universidad porque es una chamba, o porque busca la credencial; 2) el que vive la universidad con la curiosidad abierta por aprender cada día algo nuevo, sea maestro o estudiante, dispuesto siempre a involucrarse más; y 3) el que ve su carrera como un plan de vida, un plan flexible que se renueva periódicamente, pero que le permite saber hacia donde dirigir sus pasos hoy. Me ha tocado convivir en cursos para la alta dirección universitaria, destinado a rectores o futuros rectores, y he visto en esos esfuerzos escolares, que en todos los casos se requiere de una cultura de la planeación. Sin embargo, nuestra desgracia que afecta a la formación de buenos cuadros directivos, (entre otras) es que domina entre nosotros un concepto de planeación-por-decreto, que es el que se sigue aplicando en México (como bien lo ilustra en estos tiempos el Secretario Chuayffet). Pero el rector que usa su sentido común, y se dirige al público desde la sencillez de las palabras cotidianas, sabe o intuye, que no existe un “modelo de planeación” que pueda memorizar o sintetizar en forma de manual técnico como un conjunto de fórmulas a aplicar. El buen rector, que lleva un largo itinerario en la institución ya ha descubierto que los modelos de planeación son infinitos, que todo tomador de decisiones es un planificador obligado, y que no es posible tomar decisiones o evaluar, sin un plan. Por eso han sido capaces de desarrollar y fortalecer su propia “capacidad de proyecto”, entendiendo que todo proyecto es un plan. En el mundo de la política, como podemos constatarlo escuchando hablar a los políticos, para que éstos adquieran suficientes elementos teóricos que les permita asumir una posición frente a la forma tradicional de gobernar, para que hayan construido criterio que les permita plantear su propia planeación posible, se requiere de una rara dosis de humildad, de curiosidad, de fe y esperanza en si mismos y en el futuro. Esto en nuestro medio es de lo mas raro y excepcional, pero no inexistente. 

Otro indicador para analizar el discurso del rector, es el que permite constatar que sus decisiones o sus planteamientos, en lugar de haber sido redactados por otros para quedarse en el documento, surgen de sus propias convicciones y trascienden lo meramente verbal, expositivo, para llevar al movimiento de la acción. Palabras con la necesaria claridad como para saber elaborar y comunicar verbalmente un proyecto que puede ser nacional, regional, institucional, local, de vida, etc. porque la visión del planificador lo abarca todo. Si nos decidimos a entrevistar al rector, después de haberlo escuchado, y de haber quedado convencidos de que se trata de una persona franca, directa, honesta, en el diálogo podremos constatar que es alguien que sabe relacionar sus lecturas y experiencias, su trabajo en la acción, con teorías y conceptos provenientes de sus autores preferidos. Indagar sobre el marco teórico personal de estos individuos, nos dice mucho. ¿Relacionan sus procesos de decisión con la planeación estratégica situacional latinoamericana? ¿relacionan la planeación alternativa o lateral con la hermenéutica analógica creada en México?, ¿conocen el concepto de “complejidad”, la “autopoiesis” y la “biología del amor” surgidas en Chile?, ¿saben del movimiento lento, la “educación lenta”, como parte de las diferentes nuevas formas de conocer?,¿Han reflexionado sobre el concepto de libertad, de tiempo, de identidad, que forma parte de la cultura ancestral mexicana? ¿Le han informado sobre los nuevos movimientos dentro de la filosofía?

No dudamos que un rector eficiente y humano, es un intelectual que se sigue formando día a día, hasta tener claro que la educación es un proceso de emancipación y que la mejor fuente de conocimientos es el uso de su imaginación, donde el “yo” no basta sin la presencia y aceptación del “otro”. Saber gobernar es sinónimo absoluto de saber planear a la vez producto de conocer las nuevas formas de investigar que forman parte del momento histórico que vivimos. Estar actualizado, viviendo el día de hoy, es la única manera de lograr un proyecto propio y efectivo que guíe una institución, la propia vida, o lo que se quiera. Como público, como invitado a la reunión en la que escuchamos a diferentes responsables de redes, programas, eventos, acciones; como integrante de la universidad pública mexicana de la que soy responsable en la mínima parte que me toca, me siento a escuchar al que toma el micrófono, no pasiva o pacíficamente, sino con ánimo de confrontación. La actitud crítica no me quita el placer de ser parte del público universitario. Confrontar es la actitud crítica que me permite seguir formándome, creciendo. A pesar de las evaluaciones de los comités que revisan mi trabajo, a pesar de la hostilidad y baja simpatía con las que algunos esquivan su mirada al cruzarse conmigo en el pasillo, nadie altera mi convicción de que vivir la universidad pública es algo que provoca disfrute, gozo, placer, alegría. Los hoscos que nos agreden con sus malestares, son infinitamente pequeños, frente al placer de ejercer mi docencia, de trabajar en mi investigación, de cooperar con mis colegas felices, que por suerte los hay y no son pocos. La universidad y el taller o salón de clase es un lugar de encuentro vital, armónico, ruidoso, como lo es un laboratorio científico, un taller mecánico o un estadio. Es una arena de debate, porque la academia es para debatir, y la buena docencia es la que cuestiona todo, hasta lograr un consenso construido en el dialogo o el debate polémico, apasionado, fervoroso, pero siempre democrático. Tenemos que aprovechar la discusión y el estudio para entender mejor los supuestos que tenemos, y el efecto que pueda haber causado en nuestra personalidad una cultura política alterada, afectada por un país donde pareciera imperar la impunidad y la mas descarada corrupción, cruel violencia y profunda degradación moral en algunos de sus sectores (lamentablemente el empresarial, protegido por el del gobierno, sociedad cuyo cinismo e impunidad han dado como resultado la delincuencia organizada). En este La universidad es siempre un sitio de “re-nacimiento”, en otras palabras, el que vive en la universidad es porque está dispuesto a renacer cada día. 

Convivir en la universidad es un proceso que lleva el sístole y diástole de la reflexión en la acción. Entiendo por rigor académico un devenir cotidiano cuya carga de lectura es manejable, cuyas demandas de producción son proporcionadas al tiempo del que disponemos, donde la hora extra que estamos dispuestos a dar, se suma a la que están dando nuestros colegas. La vida universitaria tiene su mejor expresión cuando el rector, el director, el jefe, saben articular su discurso, sin preocuparse por problemas de redacción ni de sintaxis, porque para eso existen los correctores de estilo. La corrección del lenguaje está sujeta a su condición de cuerpo vivo en constante transformación. La inmovilidad de las reglas es el germen de la desobediencia y el mundo se mueve gracias a la capacidad de ruptura y reconstrucción. Nuestra labor como profesores o como estudiantes, no es ni debe ser un sacrificio, no debe encerrarnos en el círculo del desvelo y del esfuerzo sobrehumano. Ser un académico con poder de decisión, como ser un poeta, no es resultado de un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios, como bien dijo Pablo Neruda en su discurso del premio Nobel. El nos enseñó que la mejor persona, el buen rector, el buen maestro, como el mejor poeta, es como el panadero que nos entrega el pan de cada día sin mas entrega que su diario esfuerzo. Lo que Neruda señala claramente es que no somos ni tenemos que creernos dioses. El buen maestro como el panadero, que se levanta a la madrugada a cumplir con su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, no cumple mas que con una obligación comunitaria. “Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños.” (Neruda). Sólo por el camino de ser personas comunes llegaremos a restituirle a la universidad, a la educación, la importancia y el sentido, el peso que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos. Es somos, panaderos que disfrutan su trabajo y lo hacen con entrega, dedicación, compromiso y capacidad. En una universidad lo que importa no es el conocimiento, ni la ciencia, ni los avances tecnológicos, ni la patente de un descubrimiento genial, esas cosas son accidentes, productos, excepciones que resultan de algo mas importante: la persona como tal, con su problemática humana y sus luchas internas, con sus habilidades o capacidades intelectuales, sus lastres y problemas a entender y superar. No es necesario mostrarse conocedor, experto o sabio, en el discurso frente al público, lo importante es mostrarnos como personas y no asumir papeles, actitudes o imágenes que distorsionen o escondan lo que somos, pues recordemos que tarde o temprano mostraremos el cobre. Mejor tratemos de que reluzca nuestro oro, la materia de la que estamos hechos, y eso ocurre cuando en el fondo, muy en la plataforma base, reconocemos que todos somos iguales. Rector y empleado de limpieza, profesor y administrativo, vigilante, portero, mensajero o bibliotecario, todos somos adultos trabajando para la universidad con nuestras capacidades, siempre dispuestos a superarnos. Tanto el rector como el docente se considera a si mismo como otro integrante más del grupo, jugando el papel de moderador y quizás de guía en algunos momentos, afiliándose al equipo y siendo útil y colaborador, echándole ganas, siendo fieles al escudo o a la camiseta, a los símbolos que nos produzcan orgullo. 

Es así que nos sentamos en el auditorio y escuchamos el discurso del rector, como palabras cuya pluralidad se disemina a lo largo y ancho de esta sesión presencial, como ejemplo de una universidad auto-gobernada, donde cada cual tiene la oportunidad de contribuir con su ladrillo a la estructura indispensable que permite el flujo, la confluencia y la colaboración de todos los que participan en ella. Un discurso que nos asocia contingentemente para apoyarnos mutuamente y avanzar en el planteamiento del camino a seguir, en la puesta en marcha de acciones especificas, en donde todos, sin faltar ninguno, los que vivimos de la universidad y para la universidad, no somos otra cosa que sujetos de conocimiento. 

Lo anteriormente dicho y escrito, es resultado de participar en el XVI Encuentro Universitario de Actualización Docente “Desafíos Actuales de la Universidad” en la Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en el marco del Centro de Formación Docente y Atención Integral al alumnado y la Red Académica Universitaria en Educación, del 6 al 10 de julio 2015, inaugurada con el discurso de su rector en turno.

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