jueves, 3 de noviembre de 2011

Financiamiento y calidad educativa

Luis Ugalde
El Nacional, 03/11/11
 
Las grandes protestas estudiantiles de Chile arrojan importantes luces a las urgencias educativas venezolanas. En mediciones internacionales Chile está a la cabeza de América Latina, pero los estudiantes y sus familias exigen calidad y protestan porque cuanto más mejoran, más se miden con los países avanzados. En los niveles pobres hay el peligro de conformarse al pensar que sus niños están en la escuela que ellos no tuvieron.

En la competencia empresarial los perdedores cierran el negocio y punto; los estímulos son para los ganadores: es lógico. Es fatal trasladar esta lógica a la escuela, y es lo que en parte ocurre en Chile con escuelas de pobre rendimiento, que por ello son castigadas por el semáforo rojo y el recorte de dinero público. Al contrario, en educación el financiamiento público debe dar prioridad a las escuelas básicas de menor calidad y apostar doblemente en favor de las familias y alumnos más débiles, para nivelarlos hacia arriba.

Las escuelas que menos tienen necesitan más para llevar los mejores maestros y directores, y contar con apoyos para que demuestren sus potenciales a los que se creían derrotados. Para reforzar al 30% más pobre de las escuelas y poner en movimiento sus comunidades hay que combinar recursos públicos, iniciativas educadoras sociales y maestros solidarios con opción por los más débiles.

Con prioridad financiera pública enfocada en las instituciones educativas más pobres hacia una educación básica de calidad para todos.

En la educación superior ni las sociedades más ricas cometen la insensatez de la "gratuidad" total. La educación de alto nivel es muy costosa y requiere de una gran inversión. La "gratuidad" total de los titulados beneficia de forma diferenciada y privilegiada a una minoría: 20% con todo pagado (con muy pocos pobres), y 80%, nada. En Venezuela han crecido los números universitarios por encima de 2 millones de estudiantes, pero se ha empobrecido y envilecido la calidad universitaria, con un crecimiento teñido de rojo, de ignorancia y de incompetencia demagógica. Urge la apuesta por una educación superior de calidad y equidad y ésta pasa por un cambio radical en su financiamiento.

Para empezar: 1) Crear un Fondo Nacional de Jubilaciones separado del presupuesto universitario, y liberarlo del terrible peso actual de la doble nómina (activos + jubilados). Con edad de jubilación de 65 años. 2) Establecer el crédito educativo con subsidio oficial para aquellos cientos de miles que hoy, con gran sacrificio, tienen que pagar 100% de su educación universitaria. 3) Establecer políticas de solidaridad intergeneracional, en la que el egresado-empleado vaya devolviendo, con un porcentaje pequeño de su sueldo, algo de lo mucho que recibió.

Pero es totalmente inaceptable que quienes por necesidad estudiaron con crédito salgan (como ocurre en Chile) endeudados y con una cuantiosa hipoteca sobre su sueldo. 4) La educación no es para hacer negocio, pero tampoco para perder. Además de los recursos públicos, hay que atraer a las universidades iniciativas innovadoras e inversiones. Las empresas se benefician de los buenos egresados y deben invertir en casas de estudios con proyectos significativos para lograrlos. Por el contrario, si reina el afán de negocio, se recortan los costos e inversión necesarios, se mutila la formación integral, se impone un estrechamiento utilitario y se elimina la investigación. 5) El mejor antídoto contra abusos en el cobro educativo es la buena calidad de la educación de financiamiento público al alcance de quienes ni pueden ni deben pagarla. Para lograr calidad es prioritario el financiamiento educativo oficial, e iniciativas educativas sociales, unidos en favor de la calidad. Sin financiamiento preferencial atado a la calidad educativa de los más humildes, la pobre escuela sirve para perpetuar la pobreza.

Para atraer a buenos directores y maestras a estas escuelas y programar refuerzos, hace falta una decidida política de financiamiento público diferenciado.

Cuando la escuela pública no tiene dolientes en el gobierno, porque sus hijos no están ahí, se ignoran la pérdida de clases, el pésimo aprendizaje y la corrupción e ineptitud en el servicio de la comida escolar. Los dolientes están lejos, el financiamiento sigue deformado y la escuela sin calidad.

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